Antecedentes
Un alto porcentaje de la población indígena de los países andinos está concentrada en las áreas rurales (90%). Sin embargo, sus organizaciones se ven permanentemente en la necesidad de desarrollar capacidades que les permitan acceder a programas y proyectos tanto del gobierno como de organizaciones no gubernamentales, interactuar de manera eficiente con los mercados locales (de bienes y servicios), proteger su frágil medioambiente, y tener la posibilidad de diseñar y hacer seguimiento de sus estrategias de desarrollo, estableciendo sinergias con instituciones regionales y nacionales.
El actual proceso de mayor descentralización por el que atraviesan los países andinos, así como la importante reducción de los programas de extensión, observada desde los años ochenta, convierte a las organizaciones indígenas en entes claves para el desarrollo sustentable de sus comunidades y territorios. La realidad, sin embargo, muestra que muchas de ellas no disponen de las capacidades suficientes para:
- llevar a cabo un adecuado proceso de planificación estratégica
- implementar alianzas estratégicas
- la gestión del desarrollo
- lograr una administración eficiente de sus comunidades y recursos
- formular e implementar programas de capacitación de sus miembros
- acceso a mercados de manera coordinada
El fortalecimiento de las capacidades organizacionales y de gestión de las organizaciones indígenas les permitirá tener un rol más activo en su contexto institucional, y en los programas y proyectos, tanto gubernamentales como no gubernamentales. Este aspecto facilitará el acceso a recursos financieros, bienes y servicios, innovación tecnológica, capacitación, etc., para así fomentar el desarrollo de sus comunidades y mejorar las interrelaciones con las economías regional y nacional.
Las organizaciones indígenas alto-andinas tienen en la actualidad la posibilidad de acceder a espacios de poder real (en gobiernos municipales y locales) y ser los promotores de su desarrollo, por lo que el fortalecimiento a sus organizaciones de base se verá reflejado en la creación de cuadros de líderes que conozcan temáticas de gestión y administración para implementarlas en espacios mayores.
Uno de los ejes potenciales de desarrollo de las comunidades, sobre todo en lo que se refiere al mejoramiento de su seguridad alimentaria, puede ser el aprovechamiento (producción, procesamiento, comercialización y consumo) de productos tradicionales, potencial que incluso ha sido retomado por diversos organismos internacionales, como la FAO.
Efectivamente, con el propósito de ampliar la base alimentaria y mejorar el estado nutricional y la seguridad alimentaria de las familias de las áreas rurales, la Conferencia de la FAO, en su 22° período de sesiones (Roma, 1983), enfatizó sobre la necesidad de promover y desarrollar la producción y el consumo de los denominados cultivos menores y alimentos vegetales nativos (productos tradicionales). Este enfoque beneficiaría a los pequeños agricultores, mujeres y otros grupos de bajos ingresos, que son los más afectados por la desnutrición, y que sin embargo no reciben el beneficio del desarrollo económico.
La región andina es uno de los grandes centros de origen y domesticación de numerosas plantas alimenticias, que son cultivadas en variadas áreas ecológicas a lo largo de 6.000 Km. de la cordillera de los Andes, extendiéndose a través de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia hasta el norte de Argentina y Chile.
Algunos de estos cultivos, como la papa y el maíz, se han extendido a diversas regiones del mundo, adquiriendo un importante papel en la producción y comercialización agrícolas así como en los niveles de consumo.
Otros cultivos andinos han sido desplazados por la agricultura moderna y comercial, introduciendo patrones de consumo urbanos foráneos, a pesar de que son, en algunos casos, cultivados por las familias campesinas y forman parte de sus hábitos alimentarios. Se trata de un amplio grupo de especies que abarcan cereales y leguminosas como la quinua, qañiwa, amaranto, y tarwi, y tubérculos como la oca, olluco, isaño y frutales como el tomate de árbol.
Estos cultivos constituyen una importante fuente de energía y nutrientes de alta calidad y bajo costo que permiten una composición más equilibrada de la dieta de los hogares rurales y urbanos de bajos ingresos.
Por otro lado, la cría de camélidos (llamas y alpacas principalmente) y cuyes provee a los pobladores de productos primarios como la carne (principal fuente de proteínas en la zona), cuero y fibra de alta calidad, materia prima para textiles rituales y vestimenta diaria, además de facilitar la movilización de carga durante sus desplazamientos locales por empinadas cumbres propio de ecosistemas andinos.
La preservación de este acervo genético (flora y fauna) es una labor compleja, pero necesaria, que precisa de alianzas institucionales y responsabilidades compartidas entre instituciones nacionales, organismos internacionales, institutos de investigación y otros, además de los productores andinos mismos, de manera de conservar el germoplasma, fomentar su producción, consumo diversificado y comercialización.
Los fundamentos para estimular la producción y el consumo de productos tradicionales andinos sub-explotados se basan en razones nutricionales, culturales, ecológicas y económicas.
Los productos tradicionales contribuyen a la seguridad alimentaria mediante la diversificación productiva y el aprovechamiento de los recursos disponibles localmente. En efecto, estos cultivos están adaptados a zonas donde otros cultivos no prosperan, son resistentes a plagas y sequías, se producen en pequeñas extensiones de tierra y son intensivos en trabajo aportado por el grupo familiar, posibilitando generar ingresos adicionales.
En síntesis, se trata de cultivos de gran importancia por su aporte nutricional, su adaptabilidad a condiciones de gran severidad ambiental, y su contribución a valorar el trabajo familiar de los campesinos indígenas. Por ello, los esfuerzos que se desarrollan en materia de mejoramiento fitogenético, producción y post-cosecha podrían complementarse con una política coherente y continuada de fomento de su consumo.
En este contexto, tiene sentido rescatar y revalorar las recetas tradicionales a base de estos cultivos, introducirlos en los programas de asistencia alimentaria y fomentar el consumo, a mayor escala.
Lo anterior requiere el incremento de la oferta productiva a fin de mejorar los niveles de autoconsumo y, si es posible, disponer de un excedente comercializable. Se requiere una sólida organización de las comunidades indígenas, planes estratégicos, planes productivos y planes de negocios adecuadamente formulados. Asimismo, se requiere establecer alianzas estratégicas con actores claves.
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