La agricultura en Mesoamérica

Plantas domesticadas y cultivos marginados en Mesoamérica
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   . Geografia fisica y ocupacion humana
   . La secuencia cultural
   . Sistemas agricolas
   . Plantas domesticadas
   . Marginacion de cultivos en Mesoamerica

«En el sur de México y América Central, el investigador de plantas se halla, en el sentido completo de la palabra, en un verdadero foco de creación» (Vavilov, 1931).

Mesoamérica fue definida por Paul Kirchoff, en 1943, como la zona de influencia de las culturas mexicanas en la época precolombina. Sus límites son, por supuesto, muy difusos; por el norte, las cuencas de los ríos Pánuco y Santiago, al sur una línea que partiendo de la costa atlántica de Honduras incluye la vertiente del Pacífico de Nicaragua y la península de Nicoya en Costa Rica. Además de ser un área cultural, Mesoamérica es una de las zonas de origen de la agricultura, comparable con el Cercano Oriente, China y la región andina. Vavilov la considera como el «centro de origen» —hoy se dice de diversidad genética— más importante del continente.

Geografia fisica y ocupacion humana

Mesoamérica es una región de ambientes físicos muy complejos. En el relieve se destacan, partiendo del centro de México, dos cordilleras, las Sierras Madres, que corren paralelas a las costas, y que, desde el centro de ese país hasta Panamá, se prolongan por otros ejes montañosos, algunos de ellos de volcanismo muy activo. Entre las cordilleras quedan en México áreas extensas más o menos planas, secas, que se elevan hasta el valle central, y más al sur, hasta el final de la región, hay depresiones intermontanas y valles cortados por los ríos, de lo que resulta un relieve muy complejo. Entre las cordilleras y la costa, se extienden llanuras aluviales y una península, Yucatán, sobre rocas calcáreas.

La posición de Mesoamérica, entre el trópico de Cáncer y los 10° lat. N, la coloca en un área influida por grandes fuerzas climáticas que se originan en los océanos que la rodean. La interacción entre los elementos climáticos, la latitud y el relieve crean una variedad de ambientes que van desde las llanuras costeras del Atlántico, con precipitaciones de 3 000-5 000 mm, hasta los semidesiertos de las mesetas montañosas de México. La separación principal es de zonas con humedad continua en la vertiente atlántica, y de estaciones alternas con una época seca en la vertiente pacífica, que corresponde al invierno boreal, que los españoles llamaron verano. El área de estaciones alternas, desde la costa del Pacífico hasta las cumbres de las cordilleras, fue la primera en ocupación humana, y sigue siendo la de mayor densidad de población.

La cobertura vegetal es también muy variada, pues en Mesoamérica se unen elementos de origen norteño los pinos llegan hasta Nicaragua, con especies sudamericanas, muchas de las cuales han penetrado profundamente en las tierras bajas de ambas vertientes en México. Es de esperar que, en estas condiciones, el aislamiento y la selección hayan ido creando una alta diversidad biológica, con el endemismo consiguiente. Como en otras áreas tropicales, los grandes paisajes están determinados por la interacción de clima y relieve, siendo los factores edáficos de importancia menor.

El paisaje actual de Mesoamérica está definido por la ocupación humana. En general, da la idea de una región más bien seca, altamente erosionada, con una cobertura vegetal originaria localizadas en espacios pequeños y aislados. De la selva subcaducifolia que cubría la región desde Sinaloa a Guanacaste no quedan sino zonas reducidas, unas en México y otras en Costa Rica. En la mayoría de los países la frontera agrícola está agotada, y las selvas tropicales húmedas se van reduciendo a tal ritmo que dentro de 10 a 20 años habrán desaparecido.

La secuencia cultural

Los primeros habitantes de Mesoamérica fueron los grupos inmigrantes que viniendo del norte, avanzando hacia América del Sur, se establecieron en pequeñas comunidades nómadas, hace 25 000 a 40 000 años. Los primeros rastros de utensilios aparecen hace unos 18 000 años, y las culturas conocidas hasta ahora se iniciaron con la olmeca, un conglomerado de poblaciones que se extendieron desde las llanuras costeras del Golfo de México hasta las tierras altas. Una serie de culturas sucesivas, que ocuparon áreas distintas y tuvieron épocas separadas de desarrollo, se fueron sucediendo en Mesoamérica. De su complejidad y origen quedan restos en los lenguajes indígenas, que muestran una ramificación antigua y profunda a partir de unos pocos troncos básicos de origen norteamericano. Esta sucesión de culturas llevó a algunas de ellas a un verdadero desarrollo, desde los rancheríos hasta los imperios. A la llegada de los españoles, Mesoamérica no estaba dominada, como los Andes, por un poder hegemónico. El imperio azteca coexistía junto a minúsculas tribus independientes, pero los aztecas eran la fuerza principal, y su idioma, el náhuatl, llegó a ser casi una lengua franca en toda Mesoamérica. Las plantas, los instrumentos para su cultivo y utilización, y aun los tipos de suelos, tenían nombres náhuatl, que se empleaban desde Sinaloa hasta Costa Rica, y algunos más allá de las fronteras de Mesoamérica.

Sistemas agricolas

La agricultura fue la base de las civilizaciones mesoamericanas. Puede estimarse que tomó siglos para desarrollarse, y que su etapa final —la que conocieron los europeos en 1500— fue el resultado de la acumulación de prácticas y materiales, inventados y perfeccionados por culturas distintas que habían sobrevivido a guerras, hambres y desastres naturales. No puede asumirse que este resultado fuera un proceso lineal; debió concretarse lentamente en centros de poder económico y político; expandirse o contraerse según la suerte de los grupos humanos. El trabajo persistente por mejorar los cultivos, inventar prácticas de producción y utilización operó en forma más o menos continua, y quizás estuvo a salvo de muchas contingencias porque estaba en manos de agricultores, que fueron el grupo menos afectado por los cambios de poder.

De la recolección de productos vegetales se pasó a proteger y cultivar ciertas plantas. Se cree que los frutales, que proporcionaban una buena parte de los productos recolectados, fueron también las primeras especies sometidas a protección y cultivo. Los españoles de Cortés, en la expedición a Honduras, lograron subsistir gracias a los zapotes que encontraron en la selva. Se podría suponer que las siembras primitivas fueran parecidas a las que aún se observan en los solares de las casas en ciertas partes de Chiapas y Guatemala: una mezcla de árboles frutales, hierbas comestibles y medicinales, cacao, ornamentales, sembrados y cosechados sin ningún orden, bajo árboles nativos que no tienen otra utilidad que proveer combustible y sombra. Nada indica que en estas condiciones no se practicara la selección y se sembraran los tipos escogidos.


FIGURA 2
Mesoamérica.

En regiones más secas, las siembras primitivas pudieron basarse en hierbas que producen semillas y que requieren suelos limpios para crecer. Tarde o temprano se llegó al sistema de roza-tumba-quema, que se practica en todas las regiones, especialmente en las que tienen estaciones alternas.

Otra línea de desarrollo fue el control de la humedad del suelo. El riego es muy antiguo en Mesoamérica, y en el valle central de México se practicó en zonas muy extensas, con diferentes sistemas. No se llegaron a construir obras de ingeniería como en el Perú, pero se alcanzó a cubrir áreas suficientes para abastecer en alimentos a los grandes núcleos urbanos de Teotihuacán y Tenochtitlán. El mayor desarrollo del riego se inició en la época colonial, con las huertas de cacao que extendieron este cultivo en áreas nuevas, como las tierras bajas del Pacífico hasta Sinaloa. En un proceso opuesto, se inventaron sistemas de drenar el suelo húmedo, construyendo bancales; los más espectaculares fueron las chinampas del valle de México, reducidas ahora a una atracción turística. Contribuyeron notablemente a la alimentación de Ciudad de México antes de la Conquista y durante la época colonial. En las tierras bajas de Campeche y Veracruz, los bancales fueron utilizados desde las primeras culturas, y también se desarrollaron en las tierras bajas ocupadas por los mayas.

El desarrollo de sistemas agrícolas depende en gran parte de los instrumentos de trabajo y de la disponibilidad de tracción animal. En ninguno de estos dos aspectos Mesoamérica ofrece un aporte especial. Sólo se conocían los instrumentos de labranza más primitivos: la coa o bastón de sembrar era de uso general; en México se inventaron coas y palas de bronce, y en otras partes se usaron conchas grandes con ese propósito, pero no se llegó a desarrollar instrumentos, como en los Andes, que permitieran la aradura del suelo. La falta completa de animales de tiro era característica de todo el Nuevo Mundo. La fuerza del hombre suplió la energía necesaria, y la esclavitud, oculta o evidente, permitía a los grupos dominantes obtener el alimento, vestido y adornos por medio de tributos. En sistemas de cultivo, técnicas e instrumentos, Mesoamérica no contribuyó con ningún elemento nuevo o esencial que no se conociera en otras culturas agrícolas.

El sistema agrícola mesoamericano que ha recibido más atención ha sido el maya. Mucho se ha escrito para tratar de comprender cómo en un ambiente extremadamente desfavorable, con suelos muy pobres y lluvias muy abundantes o escasas, pudo desarrollarse una cultura cuyos avances en matemáticas, astronomía y arquitectura fueron superiores no sólo a los de otras culturas precolombinas sino a las europeas y asiáticas contemporáneas. La construcción de grandes centros urbanos debió requerir muchos trabajadores, y la subsistencia de éstos y de las clases dirigentes no puede explicarse satisfactoriamente dentro del sistema actual de producción agrícola de la región. Aunque se han propuesto explicaciones teóricas parciales, el problema aún está lejos de resolverse. Se sabe que los mayas dependían de tres productos básicos —el maíz, los frijoles y las cucúrbitas—, y de otros menores, todos mesoamericanos. Se ha sostenido, sin pruebas seguras, que ellos fueron los que domesticaron el cacao, aunque se sabe que elaboraban un tipo de chocolate. Otras plantas que utilizaron y probablemente sembraron fueron Brosimun alicastrum (el ramón) y Talisia spp., ambos frutales. A la llegada de los europeos, la cultura maya había desaparecido casi por completo. Sus descendientes, sobre todo en Yucatán, practican un sistema de agricultura que no parece haber cambiado mucho desde la época clásica.

Plantas domesticadas

Resultaría académico clasificar las plantas de Mesoamérica, respecto a su proceso de domesticación, en toleradas, cultivadas y domesticadas, como si éstas fueran categorías diferenciadas, puesto que entre las tres se presentan todos los estados intermedios. No ha sido posible identificar los factores que permitieron su domesticación, pero algunos de ellos debieron ser los mismos que la favorecieron en el Cercano Oriente, el sureste de Asia o China. En muchas ocasiones se ha señalado que dicho proceso ocurrió en una época más o menos similar en todo el mundo, y que fue más lento en Mesoamérica.

La información que existe sobre la domesticación es de orden botánico (presencia de una gran diversidad en la especie y de parientes silvestres), arqueológico (restos de plantas, representaciones o impresiones en utensilios), histórico y lingüístico (documentos, nombres en idiomas indígenas). Las pruebas arqueológicas son las de mayor peso, y se limitan a especies y regiones cuyas condiciones favorables a la conservación de restos orgánicos han llevado a una identificación correcta y a asignar fechas seguras. Por consiguiente, la información derivada de testimonios arqueológicos en Mesoamérica y en otras regiones de agricultura primitiva debe recogerse con estas limitaciones; quedan excluidas las especies que no se conservan bien y las áreas de alta humedad que, según Vavilov, pudieran haber sido las de agricultura más antigua.

Si Mesoamérica no hizo contribuciones de gran valor en materia de sistemas de cultivos, en la domesticación de plantas su lugar es comparable al de cualquier otra región, tanto por el número como por la importancia de las especies. Se sabe con plena certeza que el maíz fue domesticado en Mesoamérica, y que desde la época en que se practicaba una agricultura incipiente (hace unos 3 000 años), ya formaba, junto con una especie de Cucurbita y una de Capsicum, parte de los sistemas de producción más primitivos. Respecto al maíz, los testimonios arqueológicos descubiertos en Tehuacán, en el centro de México, por MacNeish, constituyen la prueba más completa de la evolución local de un cultivo. En Mesoamérica se desarrollaron numerosas variantes o razas, que se adaptaron a casi todas las condiciones ambientales, desde los sitios de elevada humedad y temperatura, hasta las alturas de 3 100 m de clima frío y seco.

En Mesoamérica se inventaron el mayor número de formas de comer y beber los productos del maíz, y los instrumentos y modos para prepararlos. La cal se utilizó para separar la cáscara del grano, con lo que se incrementó su valor proteico y se obtuvo un alimento de primer orden. Este fue con toda seguridad un descubrimiento fortuito, cuyo resultado no se aplicó en otras regiones del mundo. Entre los usos que tuvo en México, Hernán Cortés menciona, en 1520, la producción de azúcar, y cañas «que son tan melosas y dulces como las de azúcar».

Por lo menos tres especies de Cucurbita se originaron en Mesoamérica: C. argyrosperma, quizás la primera en cultivarse, que se adapta a altitudes entre 0 y 1 500 m; C. moschata, la más común y útil, que se da entre 300 y 1 500 m, y C. pepo, que en Mesoamérica es menos importante que en Europa y Estados Unidos, y crece hasta 2 000 m. Una cuarta especie, C. ficifolia, se consume en forma diferente de las anteriores, y también puede ser originaria de Mesoamérica.

Entre las cucurbitáceas se cultivan asimismo dos especies de Sechium, el chayote (Sechium edule), del que se consumen los frutos, raíces y tallos tiernos, y cuya área de distribución es muy amplia en los trópicos americanos desde su centro de origen (México y Guatemala); y S. tacaco, aún restringida a su área original, las tierras altas de Costa Rica.

El tomate (Lycopersicon esculentum) fue conocido primeramente en México, donde lo describió detalladamente Francisco Hernández, hacia 1571-1577. No tenía mayor importancia como hortaliza, pues era una hierba más en las milpas, aunque sus frutos fueran del tamaño de las variedades modernas.

Una hortaliza de uso semejante es Physalis philadelphica, llamada comúnmente tomate o tomate de cáscara en México; se cultiva también en Guatemala y de ella se conservan unas pocas variedades.

La especie mesoamericana de chile, Capsicum annuum, de la cual se derivan los pimientos, presenta en esa región poblaciones silvestres y una diversidad varietal muy amplia.

Los frijoles comunes, Phaseolus vulgaris, aparecieron hace 5 500 a 7 000 años en el centro de México, donde abundan las poblaciones silvestres, pero su cultivo intensivo se inició entre los siglos i y vii. P. coccineus, una especie perenne de las tierras altas, ya se encontraba en México hace unos 2 200 años; otra especie muy afín, P. polyanthus, se cultiva asociada con P. coccineus. P. acutifolius, que se cultivaba hace unos 5 000 años en Tehuacán, se extiende desde Estados Unidos hasta Costa Rica.

Uno de los cultivos principales del México precolombino fue Amaranthus hypochondriacus, cuyas semillas se consumían como las de los cereales. Otra especie cultivada, especialmente en Guatemala, es A. cruentus.

Las raíces y tubérculos nativos no han sido de importancia en la agricultura mesoamericana. La jícama (Pachyrrhizus erosus), es un cultivo antiguo y muy difundido en la actualidad. Las papas de las tierras altas de México, de gran valor como alimento energético, producen tubérculos comestibles pequeños, pero no se cultivaron.

El cacao (Theobroma cacao), que se encuentra silvestre en el sur de México, se domesticó posiblemente en esa región, donde hay variedades aberrantes, y su cultivo prehispánico no pasó de la actual frontera entre Costa Rica y Panamá.

El algodón (Gossypium hirsutum) constituye la planta fibrosa de mayor cultivo; uno de sus centros de domesticación parece haber sido la costa del Golfo de México, y restos arqueológicos en ese país indican que se conocía hace 5 500 años. Otras fibrosas, hoy reemplazadas en gran parte por las fibras sintéticas, son el henequén (Agave fourcroyoides), sisal (A. sisalana), A. angustifolia var. letonae, de El Salvador, y varias especies de Furcraea.

Entre las hortalizas de hoja cabe mencionar Crotalaria longirostrata, Solanum americanum, S. wendlandi, Cnidoscolus chayamansa, Chenopodium nuttalliae y Opuntia leucantha, que se consumían frescas o cocidas, así como los tallos tiernos de Cucurbita y Sechium. La inflorescencia de Chamaedorea tepejilote, la pacaya, es un artículo de amplio consumo en México y Guatemala, pero su cultivo está aún reducido a las huertas. El chayote (Sechium edule), se utiliza por sus frutos, raíces y tallos tiernos.

Probablemente el mayor número de domesticaciones se hizo con los frutales. De algunos de ellos quedan restos arqueológicos, aunque no se sabe con certeza si son materiales recolectados o cultivados. Annona diversifolia, A. reticulata, y A. scleroderma son nativas de Mesoamérica, y de algunas de ellas se conocen poblaciones silvestres; Casimiroa edulis se cultiva desde el nivel del mar hasta los 2 500 m; se han encontrado restos arqueológicos de hace 5 000 años. Esta es una especie compleja por sus diferentes poblaciones locales. Couepia polyandra y Diospyros digyna son silvestres de México a Costa Rica, datan también de hace unos 5 000 años y presentan numerosas variedades. Inga jinicuil e I. paterno, son de México y de El Salvador respectivamente. Licania platypus se da de México a Panamá; Manilkara zapota, con numerosas variedades, se cultiva actualmente en todas las áreas tropicales. Persea americana, el aguacate, es una de las frutas que, en Mesoamérica, se cultivan a cualquier altitud entre 0 y 2 500 m; de ella aún se hayan poblaciones silvestres. También crecen Parmentiera edulis, Persea schiedeana, Pouteria campechiana, P. sapota, el zapote, y una población afín, P. viridis; Pouteria hypoglauca, Prunus capuli, Psidium friedrichsthalianum y Spondias purpurea, con muchas variedades y usos. Las cactáceas en México tienen numerosas especies silvestres cuyos frutos se recogen, y hay unas pocas especies en cultivo incipiente.

Entre las especias y condimentos se encuentran Capsicum annuum y C. frutescens; Pimenta dioica, silvestre de México a Costa Rica, de cultivo muy antiguo; Vanilla planifolia, que se produce más fuera de la región; y Fernaldia pandurata. Algunas especias se obtienen de plantas semisilvestres, como el xochinacaxtle (Cymbopetalum penduliferumpy), chufle (Calathea sp.) y Quararibea funebris.

Las bebidas fermentadas (pulque) o frescas (aguamiel), eran conocidas desde la época precolombina y se obtienen principalmente de dos especies de agave, Agave salmiana y A. mapisaga. El origen de la preparación de las bebidas destiladas (mescal, tequila), obtenidas de A. tequilana y otras especies también se remonta a aquella época.

Las plantas medicinales son muy numerosas, la mayoría de ellas en cultivo incipiente. La contribución más reciente de Mesoamérica han sido las especies de Dioscorea, utilizadas para la producción de diosgenina-cortisona y cultivadas con este propósito en México.

Un grupo no menos importante son las ornamentales. Los españoles encontraron en México jardines como los de Europa, y en siglos posteriores a la Conquista, numerosas especies de orquídeas y bromeliáceas de Mesoamérica han sido cultivadas en Europa y Estados Unidos. Un grupo de Compuestas, Ageratum, Cosmos, Dahlia, Tagetes, Zinnia, que se cultivaban en la región desde la época prehispánica, han sido seleccionadas intensamente en Europa y Estados Unidos; de todas ellas hay poblaciones silvestres así como de Trigidia, Zephyranthes, Euphorbia y otras ornamentales.

Marginacion de cultivos en Mesoamerica

Entre las causas que han contribuido a marginar cultivos, el reemplazo de un producto natural por otro sintético, ha sido quizás la más drástica. La agroindustria del añil (Indigofera spp.), que aún conserva una gran importancia comercial, ha desaparecido casi actualmente desplazada por la producción de tintes químicos; y Agave y Furcraea han sido sustituidos por las fibras sintéticas. El hule (Castilla elastica), cuyo uso era ya conocido en épocas prehispánicas, fue un cultivo incipiente a comienzos del siglo; se reemplazó por otro más eficiente, Hevea brasiliensis, y éste a su vez por el caucho sintético.

En las plantas alimenticias la marginación ha sido un proceso más largo y difícil. La preparación culinaria y el hábito de consumo desde la infancia han sido las condiciones culturales de la permanencia de estas especies. Sin embargo, los cambios sociales violentos, como la Conquista, trajeron alteraciones profundas. Los productos autóctonos fueron reemplazados por otros introducidos, que han competido con aquéllos por tener a su favor el prestigio que les atribuye el grupo social dominante. Los cultivos autóctonos son abandonados primeramente por los estratos sociales superiores, y luego por las capas más bajas. Sólo las comunidades muy pobres o las indígenas mantienen los cultivos tradicionales, y conservan las técnicas de su manejo y utilización. El cambio basado en el prestigio social se hace sin tomar en cuenta el valor intrínseco de los cultivos, como sus propiedades nutritivas o los costos de producción. En El Salvador, un estudio comparativo entre hortalizas nativas, como el chipilín En El Salvador, un estudio comparativo entre hortalizas nativas, como el chipilín ( Crotalaria spp.) y la hierba mora (Solanum americanum),y las hortalizas europeas (lechuga, repollo) mostró la superioridad de las primeras como fuentes de vitaminas y aminoácidos, sin contar que su producción requiere menos cuidados y gastos en fertilizantes e insecticidas.

La falta de aceptación de un cultivo en base a su carencia de prestigio social se refleja en muchos aspectos. Un agricultor en Guatemala puede obtener créditos sobre sus cítricos, pero no sobre un fruto local tan estimado como la papausa (Annona diversifolia), a pesar de que éste tiene un buen mercado. También faltan servicios de xtensión relativos a los cultivos autóctonos, quizás porque el conocimiento de éstos es acervo del los indígenas. La acciióon de muchos técnicos extranjeros se concentra en los cultivos exóticos y no en los nativos, puesto que su experiencia, informaciones y materiales de extensión se refieren sobre todo a aquéllos. En cambio, son a menudo antropólogos extranjeros los que llaaman la atrención sbobre los cultivos autoóctonos, y especialmente sobre los procesos conocidos por las comunidades aborígenes para su utilización.

Hay un caso interesante de marginación, el huautli (Amaranthus hypochondriacus), que se trata en otro capítulo de esta obra.

Son numerosos los cultivos nativos de Mesoamérica que no se han expandido fuera de áreas restringidas. La chaya (Cnidoscolus chayamansa) se cultiva en Yucatán y Petén; el ixtlán (Solanum wendlandi), en el suroeste de Guatemala; el loroco (Fernaldia pandurata), en El Salvador; el huauzontle (Chenopodium berlandieri) en el centro de México. De la mayoría de éstos ya hay estudios locales sobre manejo agronómico; es posible que algunos se extendan a nuevas áreas.

El futuro de los cultivos marginados de Mesoamérica depende de la acción conjunta de varios factores. Uno es la investigación sobre producción y manejo, dirigida a la obtención de variedades superiores y de prácticas agronómicas mejoradas, especialmente en la protección contra plagas y enfermedades. Otro es establecer fuentes seguras y permanentes de semillas y demás materiales de propagación, asequibles a los agricultores. Fundamentales son las campañas de extensión agrícola, que muestre las ventajas de los cultivos marginados sobre los exóticos, en relación a su valor nutritivo y facilidad de producción. Estos aspectos requieren el estudio intensivo y la evaluación de las variedades, sistemas de producción tradicionales y formas de utilización de los productos por los grupos indígenas o campesinos, para adaptarlos a las técnicas modernas.

Además, se han de estudiar las condiciones del mercado y las posibilidades de su ampliación a otras regiones, e investigar la presentación del producto y las normas que garanticen al consumidor una calidad estable y promuevan una aceptación más amplia. La diversificación de usos en la agroindustria creará nuevas posibilidades de mercado y una garantía para el productor.

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El autor de este capítulo es J. León (San José, Costa Rica).